La escuadra
Llegado 1819, hacía un lustro que en el Río de la Plata no se gobernaba en nombre de la corona española, mientras que Chile ya era independiente desde un año atrás. En el resto del segmento sudamericano sobre el Océano Pacífico, en la costa caribeña y en América Central, sin embargo, aún se combatía con resultados poco definidos.
Fernando VII, aquel que escaso de patriotismo llegó a pactar en Bayona con el emperador-revolucionario, parecería que al volver al trono se sintió súbitamente atacado de amor a la patria y creyó que debía emprender la pacificación de la porción americana del imperio, ya virtualmente separada.
Para llevar a efecto la intención fernandina había menester de una escuadra apta, y como no puede creársela de un día para el siguiente, se intentó armarla con arte de improvisación.
Recurrióse para ello a reunir los escasos remanentes de la otrora incontrastable fuerza naval española, mientras que en 1817 se enviaba una misión a Rusia para adquirir cinco navíos y tres fragatas, pagaderos con el dinero dado por el gobierno inglés al trono español como indemnización por la supresión del tráfico de negros en América. El estado de los buques rusos era tan lamentable que el emperador Alejandro regaló a la comisión española tres fragatas, además de las adquiridas.
La tal escuadra de buques averiados se incorporó a la marina de España en 1819, momento prominente de los aprestos reconquistadores.
Pocos meses más tarde ya estaba compuesta una división naval con el San Telmo, el “navío negro” de los decires de la gente gaditana, junto al Alejandro I, uno de los navíos de 74 cañones comprados a los rusos, y dos fragatas, la mercante Primorosa Mariana, que acompañaba como transporte, y la Prueba, de 48 bocas de fuego, construida en El Ferrol en 1804.
La escuadra estaba dotada con 1400 hombres e iba destinada al Perú para reforzar a quienes aún resistían el alzamiento, llevando también dineros para dar alivio a las arcas virreinales, ya prácticamente exhaustas.
La Prueba estaba al mando de D. Melitón Pérez de Camino e iba específicamente destinada a permanecer como dotación del Apostadero Naval del Callao. En cuanto al San Telmo, a su bordo se afirmaba la insignia del comandante de la escuadra, el brigadier Rosendo Porlier y Asteguieta, un criollo limeño que ahora llevaba pliegos para hacerse cargo del apostadero peruano y que catorce años antes se había medido con los ingleses en Trafalgar sirviendo a órdenes de Gravina, aquel héroe de la jornada dolorosa.
Acompañaba a Porlier, directamente al mando de las 644 plazas de a bordo del San Telmo, D. Joaquín Toledo, veterano de la lucha contra los ingleses cuando la invasión de éstos al Río de la Plata en 1806, y hombre muy probado en la mar, que había salvado la vida en varias ocasiones de naufragio.
Desaparece el San Telmo
La división de Porlier se dio a la vela en Cádiz, el 11 de mayo de 1819 buscando la recalada en el extremo oriental de América del Sur, pero al llegar a la línea ecuatorial el Alejandro I, debido a la mala calidad de su calafateo, comenzó a hacer agua en cantidad incontrolable para sus bombas de achique, por lo que debió regresar a Cádiz.
Las demás naves siguieron en conserva hasta acceder al pasaje interoceánico al sur del cabo de Hornos, donde a principios de setiembre fueron sorprendidas por uno de los fortísimos temporales que son corrientes en esa área. El San Telmo sufrió grandemente los efectos del tiempo tan duro, resultando con graves averías en el timón y la verga mayor, “sin haber podido remediar la primera y de más consideración, por la dureza que experimentaron en aquella altura”, dicen los de la Primorosa Mariana, que trató de prestarle auxilio infructuosamente, perdiendo contacto el 2 de setiembre de 1819 en 62º de latitud austral y 70º de longitud oeste, obviamente de Cádiz. Esto es lo que consignan los pliegos que se conservan en el archivo Bazán, en Viso del Marqués.
La Mariana entró al Callao el 9 de octubre y la Prueba siguió para Guayaquil, tras una breve recalada en Paita, debido a la presencia de buques enemigos frente a la rada del puerto limeño y por no estar apta para el combate, puesto que al igual que el San Telmo había rendido la verga mayor durante el temporal al sur de Hornos y la tripulación era mayoritariamente presa de enfermedades y desnutrición.
El brigadier Porlier y los demás tripulantes del San Telmo se consideraron desaparecidos algunos meses después y eran formalmente dados de baja en 1823.
Empieza la búsqueda
En octubre de 1819, vale decir después de los acontecimientos relatados, el inglés William Smith, a bordo del bergantín Williams, reconocía extensamente las Shetland del Sur, las que había avistado poco tiempo antes cuando navegaba desde Buenos Aires hacia Valparaíso.
En las playas de un cabo ubicado al norte de la isla Livingston de ese arco isleño, el cabo Shireff, Smith encontró los restos de un navío aparentemente español del porte del San Telmo; James Weddell confirmó posteriormente el descubrimiento de Smith, afirmando que sí podía tratarse de un buque español.
Mientras tanto, a 55 millas náuticas en línea recta desde ese lugar, al este de la punta Suffield, en la bahía Fildes de la isla Rey Jorge (bahía Guardia Nacional de la isla 25 de Mayo, según la toponimia argentina), se hallan otros restos de un antiguo naufragio, cuyas características también inducen a pensar que se trata de un navío de gran porte, quizás el San Telmo, debido al hallazgo de algún adminículo de origen aparentemente español y de la época de la tragedia.
En proximidades de los restos del buque naufragado, sobre la ladera de la cara oriental de la punta Suffield, hay una oquedad donde se encontró un zapato antiguo del tipo que era de uso corriente entre las tripulaciones españolas, junto a valvas de moluscos abiertas y acumuladas como por obra de quien marisca en la costa y se refugia en la pequeña cueva para alimentarse.
La no aparición de restos humanos, por lo menos a la observación superficial, quizás pudiese indicar que los náufragos de ese buque, tal vez el San Telmo, pretendieron escapar de la región polar con alguna de las embarcaciones menores de la nave siniestrada. Recordemos que para los marinos de la época velera eran corrientes las navegaciones en aguas procelosas y a largas distancias, en naves pequeñas; basta pensar en el casi ridículo porte de las embarcaciones de los loberos que actuaron en las Shetland del Sur en los años inmediatamente posteriores a la pérdida del San Telmo, o en el viaje de Shackleton y algunos de los suyos, desde la isla Elefante a las Georgia, en uno de los botes del Endurance, naufragado entre los hielos del Weddell.
El ámbito geográfico en que se perdió el San Telmo con sus tripulantes, es el verdadero reino del mal tiempo en todas sus formas.